Tadeo y el gran Club de las Cosas Incontrolables

Había una vez, en el colorido pueblo de Brincalotodo, un niño llamado Tadeo Saltarín. Tadeo tenía el cabello siempre despeinado, los calcetines desparejados y una habilidad muy especial: quería controlar absolutamente todo.

Si el viento soplaba fuerte, Tadeo le gritaba:

—¡Viento! ¡Sopla más despacio! ¡Me estás arruinando el peinado elegante que me hice hoy con la gelatina de fresa!

Si llovía:

—¡Nube! ¡Cierra el grifo ahora mismo! ¡Estoy estrenando mis botas nuevas!

Y si su perro Pancho movía la cola demasiado rápido:

—¡Pancho! ¡Muévela a velocidad normal, por favor!

Pancho, por supuesto, movía la cola todavía más fuerte, porque era perro, no helicóptero con control remoto.

Un lunes por la mañana, Tadeo decidió que ese día sería perfecto. Absolutamente perfecto. Había organizado todo: el desayuno debía tener exactamente siete cereales flotando encima de la leche; el sol debía brillar, pero no demasiado; y su hermana Martina no debía cantar (porque cantaba como una trompeta desafinada con hipo).

Pero justo se sentó a desayunar, ocurrieron tres tragedias gigantescas (según Tadeo):

Primero, el cereal formó ocho flotadores en vez de siete.

Segundo, el sol se escondió detrás de una gran nube.

Tercero, Martina comenzó a cantar: “¡Soy una cucharaaaaa, un cuchillitoooo y una patata bailarinaaaa!”

Tadeo se levantó dramáticamente de la silla.

—¡Esto es un desastre universal!

Corrió al patio y miró al cielo.

—¡Nube! ¡Te ordeno que te muevas tres centímetros a la izquierda!

La nube no respondió. Ni un milímetro.

Tadeo frunció el ceño con tanta fuerza que casi se le cruzan los ojos.

Fue entonces cuando apareció su vecino, el señor Evaristo Bigotes, un anciano amable con cejas tan largas que parecían alas de gaviota.

—Buenos días, Tadeo. ¿Por qué le estás gritando al cielo? —preguntó con voz tranquila.

—¡Porque no me obedece! ¡Nada me obedece! ¡El clima, el cereal, mi hermana, el perro!

El señor Evaristo se sentó en el banco y sonrió.

—Ah, estás peleando con el gran Club de las Cosas Incontrolables.

—¿El qué?

—Es un club enorme. Lo forman las nubes, el viento, el canto desafinado, los cereales rebeldes y los perros movedores de cola.

Tadeo abrió la boca.

—¡Pues voy a ser el presidente y les daré órdenes!

El señor Evaristo soltó una pequeña risa.

—Déjame contarte un secreto antiguo —dijo, guiñando un ojo—. Hay una habilidad mágica llamada “soltar lo que no puedes controlar”.

Tadeo cruzó los brazos.

—¿Soltar? ¿Como cuando se te escapa un globo?

—Exactamente. Pero en vez de un globo, sueltas la pelea inútil.

Tadeo no entendió nada, pero decidió probar. Justo en ese momento, una ráfaga de viento le levantó el peinado elegante con gelatina y se lo convirtió en algo que parecía un nido de palomas despeinadas.

—¡Viento travieso! —empezó a gritar.

Pero se detuvo.

Respiró hondo.

—Está bien —dijo con voz temblorosa—. No puedo controlar el viento.

El viento siguió soplando… pero Tadeo dejó de gruñir. Se tocó el pelo y, sorprendentemente, empezó a reír.

—¡Parezco un espantapájaros moderno!

El señor Evaristo aplaudió suavemente.

—¡Primer punto para Tadeo Saltarín!

Más tarde, en la escuela, ocurrió otra catástrofe. La maestra anunció:

—Hoy cambiaremos los asientos.

Tadeo estaba sentado junto a su mejor amigo. ¡Eso no estaba en el plan perfecto!

—¡No pueden cambiar mi asiento! ¡Mi mochila ya hizo amistad con esa silla!

Pero recordó las palabras del señor Evaristo.

“Club de las Cosas Incontrolables…”

Respiró hondo otra vez.

—No puedo controlar dónde me siento —murmuró.

Se sentó en su nuevo lugar. Y allí descubrió algo inesperado: su nueva compañera sabía imitar el sonido de un pato con hipo.

—¡Cuac-hic! ¡Cuac-hic!

Tadeo estalló en carcajadas. ¡Era divertidísimo!

Por la tarde, ocurrió el mayor desafío de todos. Había organizado una carrera de bicicletas con sus amigos. Él quería ganar. Tenía incluso una “cara de campeón” practicada frente al espejo.

Comenzó la carrera.

Pedaleó con todas sus fuerzas.

Pero… Pancho decidió correr delante de él persiguiendo una mariposa invisible. Tadeo tuvo que frenar y terminó llegando último.

Se quedó quieto, respirando fuerte. Sintió la rabia burbujeando como sopa olvidada en la estufa.

—No es justo… —susurró.

Miró a Pancho, que jadeaba feliz, sin idea del drama deportivo.

Tadeo cerró los ojos.

—No puedo controlar a Pancho. No puedo controlar ganar siempre.

Abrió los ojos… y empezó a reír.

—¡Creo que perdí contra una mariposa imaginaria!

Sus amigos se rieron con él. Y, de pronto, perder no dolía tanto. Era solo una historia divertida más.

Esa noche, Tadeo se sentó en su cama y pensó en el día. El viento seguía soplando. Martina seguía cantando. Pancho seguía moviendo la cola como si tuviera batería infinita.

Pero algo había cambiado.

Él ya no estaba peleando con todo.

Al día siguiente, incluso cuando su helado favorito se le cayó al suelo (boca abajo, tragedia total), Tadeo miró el desastre pegajoso… y dijo:

—Bueno, no puedo controlar la gravedad.

Luego añadió:

—Pero sí puedo controlar si lloro… o si pido otro helado.

Y pidió otro.

El señor Evaristo, desde su ventana, levantó el pulgar.

Tadeo había descubierto que soltar no era rendirse. Era dejar de empujar la puerta equivocada y buscar la que sí se podía abrir.

Desde entonces, cada vez que algo no salía como él quería, imaginaba al gran Club de las Cosas Incontrolables bailando con sombreros ridículos y decía:

—¡Disfrutar del club! Yo me voy al mío: el Club de las Cosas que Sí Puedo Hacer!

Y en ese club estaban sus decisiones, su actitud, sus risas y su forma de reaccionar.

Y colorín colorado, fue así como Tadeo Saltarín dejó de intentar controlar las nubes… y empezó a volar más ligero que ellas, y aprendió que no podemos controlar el clima, ni a los demás ni todo lo que sucede a nuestro alrededor. Pero sí podemos controlar cómo nos comportamos, qué pensamos y qué hacemos. Cuando soltamos lo que no depende de nosotros, nos volvemos más tranquilos, más fuertes y, sobre todo, ¡mucho más felices!

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