Lupa y el bosque de los tropiezos

Había una vez un bosque llamado Brillaluz, allí vivía Lupa, una joven zorrita famosa por dos cosas:

  1. Era más curiosa que un ratón frente a un queso.
  2. Era más torpe que un pato con patines.

Un día, mientras investigaba un tronco sospechosamente redondo (que resultó ser solo… un tronco), Lupa tropezó con una piedra y se raspó una pata.

—¡Ay, maldición de las piñas saltarinas! —gritó—.

Su pata quedó un poco hinchada y Lupa pensó que ya no podría correr ni jugar como antes. Caminaba haciendo un pequeño cloc cloc que sonaba algo chistoso, como si llevara un tambor pegado al tobillo.

Pero justo cuando decidió sentarse a lamentarse, escuchó un alboroto:

—¡AUXILIO AYUDAAAAA, ESEEEE OOOO EEEESE! —gritaba una voz aguda y desesperada.

Era Zirilo, el conejo más acelerado del bosque, atrapado en una telaraña gigante de la señora Araña Filomena (que tejía redes tan enormes como las redes de las porterías de fútbol).

Lupa quiso correr, pero su pata raspada protestó:

—¡Tú puedes! —le gritó Zirilo—. ¡Pero date prisa antes de que Filomena regrese y me quiera usar de almohada o comerme!

Entonces, Lupa tuvo una idea rara.
Si no podía correr rápido… ¡podía usar su cojera para saltar de una forma muy graciosa!

Saltó avanzando con un ritmo extraño: cloc–pum, cloc–pum, como si fuera un tambor viviente. Ese sonido tan raro hizo que Filomena, que escuchó desde lejos, se pusiera nerviosa.

—¿Qué es eso? ¿Un monstruo musical? —dijo, retrocediendo hacia su casita.

Aprovechando eso, Lupa llegó saltando y liberó a Zirilo con los dientes.

—¡GRACIAS! —dijo Zirilo—. ¡Tu cojera da miedo! ¡Pero del bueno, de buena me he librado!

Lupa se rió. Su raspón, que ella creía una herida inútil, había servido para resolver algo inesperado.

A la mañana siguiente, algo raro pasó, todo el bosque estaba preocupado. En el cielo había aparecido un enorme globo rosa, flotando de manera extraña. De repente, alguien gritó desde arriba:

—¡SOCORRO! ¡ME ESTOY DESINFLANDO, EEEEESEEEE OOOOOO EEESE!

Era Nubeleta, una nube joven que había perdido parte de su vapor. Tenía un vacío en el centro por donde se escapaba un hilito de aire.

—¡Me voy a caer! —dijo angustiada—. ¡Y si caigo, aplastaré el champiñón gigante del bosque y a mi me dará un infarto!

Lupa observó a Nubeleta, que flotaba tambaleándose como un globo cansado.

Recordó algo que su abuela decía:

—Cuando tienes un vacío, a veces lo único que necesitas es viento para impulsarte y llenarlo.

Así que reunió a todos los animales del bosque.

—¡Hagamos un viento gigante! —dijo Lupa—. ¡Nubeleta necesita impulso!

Los pájaros batieron sus alas; los conejos sacudieron hojas; los castores aletearon sus colas; hasta el viejo topo Don Gumersindo sopló con todas sus fuerzas, aunque solo salió polvo y mucha tos.

Pero de pronto, un viento enorme se formó y empujó a Nubeleta hacia arriba.

—¡WOOOOOOOH! —gritó Nubeleta mientras su hueco se cerraba poco a poco—. ¡Gracias, Lupa! ¡Ese vacío me llevó más lejos que nunca!

Lupa sintió una alegría gigante.

Más tarde, escuchó a alguien sollozar.

Era Toño, el oso más grandote y llorón del bosque.

—¡No sé por qué estoy tan confundido! —lloriqueaba—. ¡Perdí mi miel! ¡Sin mi miel no puedo pensar!

Toño estaba tan desesperado que se rascaba la cabeza con la fuerza de quien intenta recordar quién se comió el último chocolate (seguramente él mismo).

Lupa se acercó, pero uno de sus saltos raros hizo que cayera de cara.

—¡Ay, que lechugazo me he dado! —dijo, frotándose la nariz.

Pero ese golpe le dio un ángulo perfecto: desde el suelo podía ver las huellas de Toño mucho más claras.

Y las huellas… ¡iban en dirección contraria!

—¡Toño! —dijo Lupa—. No perdiste tu miel. Caminaste hacia el lado equivocado porque estabas tan triste que no podías ver bien.

Lo guió siguiendo las huellas torcidas del oso hasta un árbol hueco donde su miel brillaba dorada.

Toño lloró de alegría.

—¡Eres brillante, Lupa! ¡Gracias al dolor de tu nariz viste lo que yo no podía ver!

Al día siguiente, los animales organizaron una fiesta para agradecer a Lupa. Hubo pastel de hojas crujientes, jugo de frambuesas voladoras y música con palitos-flauta desafinados, muy desafinados, pero sonaban horrorosamente bien. Lupa bailó con Zirilo, con Toño, con Nubeleta y hasta con Filomena. Todos entendían ya que lo que parecía malo, triste o doloroso podía convertirse en algo increíble. Lupa sonrió, sintiéndose más luminosa que nunca.

Y colorín colorado, ahora sabemos que cuando algo duele, falta o confunde, puede convertirse en fuerza, impulso y claridad. Porque a veces, las dificultades no son obstáculos… sino regalos disfrazados que nos enseñan a superarnos.

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