En el colorido pueblo de Brisamar vivía una niña llamada Mía, famosa por dos cosas: su risa contagiosa y su mochila mágica. Bueno… en realidad la mochila no era mágica, pero Mía decía que sí, porque siempre guardaba cosas inesperadas: una cuchara, una pluma verde, una cuerda, tres galletas aplastadas y una media sin pareja. “Nunca sabes cuándo algo ‘inútil’ se vuelve súper útil”, decía guiñando un ojo.
Una mañana, el viento soplaba tan fuerte que las gallinas caminaban hacia atrás. Mía iba camino a la escuela cuando escuchó un gritito.
—¡Auxilioooo!
Era un erizo pequeño atorado dentro de una lata brillante.
—Tranquilo, bolita con púas —dijo Mía con voz suave—. Te saco en un segundo.
Sacó de su mochila… ¡la cuchara! Con cuidado, hizo palanca y liberó al erizo.
—Gracias —dijo el animalito—. Soy Pipo.
—Soy Mía. ¿Te duele?
—Un poquito, pero más me dolía que nadie se detuviera.
Mía lo miró sorprendida.
—¿Nadie?
—Algunos se rieron. Otros dijeron “qué asco”. Tú hablaste bonito.
Mía se encogió de hombros.
—Es que si algo duele, se habla suave.
Pipo decidió acompañarla a la escuela.
En el camino, encontraron a Leo, un niño mayor que siempre caminaba con cara de limón agrio.
—Mira, Mía habla con un erizo —dijo burlándose—. Seguro es su primo.
Pipo se escondió detrás de la mochila.
Mía sintió una cosita incómoda en el pecho, pero respiró.
—Hola, Leo —respondió tranquila.
—¿Por qué eres así? Siempre ayudas a todos. Es raro.
—¿Raro como divertido o raro como calcetín mojado?
Leo se quedó pensando. Nunca nadie le contestaba así.
Siguieron caminando. De pronto, escucharon un CRASH. El puente de madera sobre el arroyo se había roto y varios niños estaban atrapados al otro lado.
—¡No podemos cruzar! —gritó una niña.
El agua no era profunda, pero corría rápido.
Mía abrió su mochila.
—Momento “cosas raras útiles”.
Sacó la cuerda, la amarró a un árbol y la lanzó al otro lado. Pipo ayudó a sostenerla con sus púas (muy orgulloso). Uno por uno, los niños cruzaron.
Leo observaba en silencio.
Cuando la última niña pasó, tropezó y casi cae. Leo reaccionó y la sostuvo.
—Gracias… —susurró ella.
Leo se quedó quieto. Nadie le decía gracias a él.
Cruzaron todos. La maestra llegó corriendo.
—¡Qué valientes! ¿Quién tuvo la idea?
Todos señalaron a Mía. Ella señaló a Pipo. Pipo señaló a… la cuerda.
Se rieron.
Más tarde, en el recreo, Leo se sentó lejos, solo. Miraba a los demás jugar. Mía se acercó.
—¿Te duele la panza?
—No.
—¿El pie?
—No.
—¿Entonces por qué tienes cara de nube gris?
Leo dudó.
—Es que… cuando hablo, todos creen que quiero molestar. Así que mejor molesto primero.
Mía pensó.
—¿Y tú qué sientes de verdad?
Leo miró el suelo.
—Que quiero amigos… pero no sé cómo.
Pipo salió de la mochila.
—A mí me hablaron feo hoy. Se siente como cuando te pisan la cola… que no tengo, pero imagínate.
Leo se rió sin querer.
—Es que… no me doy cuenta.
Mía sacó una galleta aplastada.
—Mira. Si aprietas fuerte, ¿qué pasa?
—Se rompe.
—Así se siente el corazón cuando te tratan brusco.
Le dio un pedacito.
—Pero si lo sostienes suave, sigue siendo galleta.
Leo miró a Mía.
—¿Y si ya he sido brusco?
—Entonces puedes empezar suave ahora.
Leo respiró hondo. Se levantó y fue hacia la niña que había ayudado en el puente.
—Oye… ¿estás bien? Perdón si antes fui pesado.
Ella sonrió.
—Gracias por ayudarme.
Leo volvió con Mía, sorprendido.
—Se siente… ligero.
—Es que las palabras también pesan —dijo Pipo—. Las bonitas flotan.
Esa tarde, cuando salían de la escuela, una gran sombra pasó sobre ellos. ¡Un cometa gigante había quedado atorado en el campanario!
—¡Mi cometa! —lloraba un niño pequeño.
Estaba demasiado alto.
Leo miró la torre.
—Yo puedo trepar… pero me da miedo.
Mía puso la mano en su hombro.
—Si te da miedo, subimos juntos.
Pipo, por supuesto, supervisaba desde la mochila.
Subieron despacio. Leo temblaba.
—No te rías si me caigo.
—No me río de miedos —dijo Mía—. Los miedos necesitan apoyo, no burlas.
Llegaron arriba, soltaron el cometa y bajaron.
El niño abrazó a Leo.
—¡Gracias!
Leo se quedó quieto, con los ojos brillantes.
Cuando el sol se escondía, Pipo habló:
—Hoy aprendí algo.
—¿Qué? —preguntó Mía.
—Que cómo alguien te trata es como una ventana a lo que siente por dentro.
Leo asintió.
—Si trato mal, no es porque los demás valgan poco… es porque algo dentro de mí se siente mal.
Mía sonrió.
—Y cuando tratamos bonito…
—Es porque hay cariño —dijo Pipo.
—O ganas de que alguien se sienta seguro —añadió Leo.
Caminaron juntos, riendo. El viento ya no empujaba gallinas.
Y desde ese día, en Brisamar, cuando alguien hablaba feo, los demás no solo se enojaban. También se preguntaban: “¿Qué estará sintiendo por dentro?”
Y colorín colorado, así todos habían aprendido que el trato no es solo palabras… es un mensaje del corazón. La forma en que tratamos a los demás muestra lo que sentimos por dentro. Cuando elegimos hablar y actuar con amabilidad, estamos compartiendo cariño, respeto y amistad.
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