La gran aventura del Día de la Madre

Había una vez, en un pequeño pueblo llamado Trapo de Nube, un niño llamado Bruno que vivía con su mamá, una mujer muy especial. No solo sabía preparar las mejores tortitas del universo, ¡también tenía un secreto!. Era una mamá mágica. Pero solo usaba su magia en ocasiones muy, muy especiales.

—¿Hoy es una ocasión especial? —preguntó Bruno una mañana soleada de domingo.

—¡Claro que sí! —respondió ella—. ¡Es el Día de la Madre!.

Bruno corrió a esconder su regalo: un dibujo donde él y su mamá volaban montados sobre un dragón de chicle. Pero cuando lo fue a buscar… ¡había desaparecido!. En su lugar encontró un rastro de pelusas… ¡y calcetines desaparejados!.

—¡Mamáaaa! ¡Creo que tenemos un problema mágico!.

Mamá entrecerró los ojos, sacó su varita (que era una cuchara de madera), y dijo:

—¡Esto huele a travesura del Dragón de los Calcetines!. Hace siglos que no aparece… —y con un giro de la cuchara de madera con la que estaba cocinando, ¡pum!— la casa entera se convirtió en un castillo de algodón de azúcar.

—¡A la aventura! —gritó Bruno subiendo a su patinete encantado.

Volaron por el pasillo-nube, cruzaron el río de chocolate caliente que había en el baño, y llegaron a la guarida secreta del Dragón… ¡debajo de la cama de mamá!.

Allí, entre montañas de calcetines perdidos y juguetes olvidados, el Dragón de los Calcetines roncaba profundamente. Era verde, enorme, y roncaba diciendo: “Zzzz… ¡calcetiiines… zzz… grrghghrgh…!”.

—¡Despierta dormilón! —gritó Bruno.

El dragón se desperezó, bostezó fuego con olor a palomitas que había comido la noche de antes viendo la última película de los Superhéroes, y miró a mamá con ojos traviesos.

—¡Oh, hola, Carmen! ¿Viniste por tus calcetines otra vez?.

—¡Y a por el dibujo de Bruno! —dijo ella cruzándose de brazos.

El dragón se rascó la cabeza y sonrió con cara de «yo-no-fui», mientras escondía algo detrás de su ala.

Bruno se acercó y le dijo:

—Oye, Dragón, si me devuelves el dibujo, prometo hacerte unos calcetines gigantes de colores.

—¿¡GIGANTES!? —rugió feliz el dragón— ¡Me encanta, trato hecho!.

Y así, el dibujo regresó a manos de Bruno, el dragón recibió sus calcetines arcoíris (con un pompón en la punta del dedo gordo), y mamá celebró el mejor Día de la Madre del mundo parando el tiempo con su hijo: con tortitas, magia, sus juegos favoritos y muchas risas… ¡y con un dragón verde dormido en su sofá, al que se le caía la baba mientras roncaba!.

Y colorín colorado, así Bruno aprendió, que las mamás pueden con todo, incluso con dragones traviesos, pero lo más mágico que tienen es su amor… y una cuchara de madera lista para hacer mil y una aventuras.

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