El gran viaje de Juanito y su amigo el gran chichón

Había una vez, en un pequeño pueblo, un niño llamado Juanito. Juanito era muy travieso y, como cualquier niño de seis años, ¡siempre estaba corriendo por todos lados!. Un día, mientras jugaba a la pelota con sus amigos en el patio del colegio, ¡zassssss! De repente, tropezó con una piedra que estaba escondida como un pequeño ninja en la pista, ¡y bum! Se dio un golpazo en la cabeza.

¡Aaaaaaaaaaaay!, dijo Juanito que se quedó un momento parado con la mano en la cabeza, tratando de entender qué había pasado. Algo raro estaba ocurriendo… ¡y de repente, de su cabeza empezó a crecer un enorme chichón! Pero no era un chichón común y corriente. ¡No, no, no! ¡Este chichón tenía vida propia! Al principio, Juanito pensó que estaba soñando, pero de repente, escuchó una vocecita muy simpática.

—¡Hola, Juanito! —dijo la voz.

—¿Quién habla? —preguntó Juanito, mirando a todos lados, pero no veía a nadie.
—Soy yo, tu chichón, ¡me llamo Juan Pepe! —respondió la voz.

—¡¿Mi chichón habla?! —gritó Juanito, sorprendido, tocándose la cabeza como si fuera una radio mal sintonizada.
—Claro que sí —dijo Juan Pepe riendo un poquito—, y no solo hablo, ¡también puedo hacer muchísimas cosas!.

Juanito no podía creer lo que estaba pasando. Miró su chichón, que ahora tenía ojitos traviesos, una gran sonrisa y hasta un bigote de plástico (sí, como esos que te pones en las fiestas para disfrazarte). ¡Era su nuevo amigo!. Juanito, emocionado, le preguntó a Juan Pepe qué podrían hacer juntos.

—Pues, si me dejas, ¡te llevaré a Júpiter! —dijo Juan Pepe moviendo su pequeña naricita redonda.
—¿A Júpiter? ¡¿A Júpiter?! Pero… ¡yo no sé volar! —exclamó Juanito, con cara de sorpresa y un poco de miedo.
—¡Sigue mi ritmo, amigo! ¡Relájate y abre los ojos! —contestó Juan Pepe con entusiasmo mientras su chichón comenzaba a brillar como una linterna de colores.

De repente, ¡pum! El chichón comenzó a agrandarse, y Juanito sintió como si estuviera siendo elevando en el aire por un viento suave y cósmico, como si fuera una burbuja gigante. En un abrir y cerrar de ojos, ¡estaban viajando por el espacio! Subían entre las estrellas, rodeados de planetas que brillaban como pelotas de colores.

—¡Mira! —gritó Juan Pepe señalando un planeta enorme— ¡Ahí está Júpiter, el rey de los planetas!.

Cuando aterrizaron, Juanito se quedó sin palabras. ¡Júpiter era enorme y tenía tormentas de rayos que brillaban como fuegos artificiales, pero en lugar de ruido, hacían ruidos como “¡boing crashssh!” y “¡zap-zip, grgrgsssh…!”! Y lo mejor de todo es que en cada rincón de Júpiter, había criaturas gigantes que salían a saludar a Juanito y Juan Pepe. Había monstruos de nubes de colores, peces voladores que cantaban en una orquesta y hasta árboles gigantes que se reían a carcajadas.

—¡Vamos a hacer una carrera de nubes! —dijo un monstruo de nubes que tenía 17 brazos.
—¡Sí, sí! ¡Vamos! —gritó Juanito saltando de emoción. Pero, como estaba tan emocionado, ¡se olvidó de mirar donde corría!.

Juanito empezó a correr como un rayo, saltando de nube en nube, pero ¡zas! Tropezó con una nube gigantesca y se dio un golpe en la cabeza con una nube súper esponjosa. ¡Bum! El chichón de Juanito volvió a crecer, pero esta vez más grande que antes, ¡como una pelota de fútbol gigante!.

—¡Ay no, Juan Pepe! —dijo Juanito tocándose la cabeza y viendo cómo su chichón se hacía aún más grande.
—¡No te preocupes! —dijo Juan Pepe con voz tranquilizadora—, ahora tengo más poder para volar aún más rápido, pero la próxima vez, por favor, ¡no corras tan rápido sin mirar, sino tendré que regalarte un casco de astronauta, chiquillo!.

Juanito pensó en las sabias palabras de Juan Pepe, y decidió ir más despacio, disfrutando de la vista de Júpiter sin prisas. Durante su viaje, Juanito aprendió que lo más divertido no es llegar rápido, sino disfrutar del camino pasito a pasito… DES-PA-CI-TO.

Finalmente, después de mil aventuras y de reírse tanto que hasta que le dolía la barriga de las agujetas, Juanito y su amigo Juan Pepe decidieron regresar a la Tierra. Cuando aterrizaron, el chichón se hizo más pequeño y pequeño, y al final… ¡desapareció por completo! .

Y colorín colorado, Juanito aprendió que no vale la pena correr a toda velocidad todo el tiempo, porque los golpes y los chichones pueden hacer que tengamos que parar, ¡y eso no es nada divertido!. Es mejor ser algo más cuidadoso y disfrutar de la vida sin prisa, para no hacer más ¡chichones-amigos en el camino!. Y recuerda, si alguna vez tienes un chichón hablador como Juan Pepe acuérdate de ir con él ¡deeeees-paaaaaa-ciiiiii-to titiri tiiritiiti ti tiiii tiiriti… !.

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