La cueva de los globos mágicos

Había una vez, un niño llamado Kiko, tenía seis años, risa fácil y una gran colección de globos. Pero su favorito, su supermegafavorito, era un globo rojo con forma de corazón. Se lo había dado su abuelo el día que logró montar en bici sin ruedines… ¡y sin chocar contra las farolas!.

—Este globo volará contigo siempre que creas en la magia —le había dicho el abuelo con voz misteriosa y un bigote que hacía cosquillas.

Kiko lo ató a su mochila y lo llevaba a todas partes: al cole, al parque y hasta a la ducha (aunque mamá no estaba muy contenta con eso).

Pero un día, en el recreo, mientras Kiko hacía el baile del dinosaurio robot, un viento loco y muy travieso sopló y… ¡ZAS! ¡el globo salió volando!.

—¡Mi globo nooo! —gritó Kiko haciendo la carrera más rápida del mundo con los cordones desatados.

Corrió por el patio, saltó una papelera, esquivó un balón volador, y casi choca con Doña Mari, la profe de plástica, que justo en ese momento llevaba una torre de pinceles y miles de botes de pintura.

Pero el globo ya estaba muy alto, girando como una pizza del microondas feliz en el cielo.

Kiko se quedó quieto, con el corazón triste y los brazos caídos como espaguetis cocidos.

Entonces, escuchó algo rarísimo:

—¡Pssssst! ¡Oye, tú! ¡El niño del globo triste!.

Kiko miró a los lados. ¿Quién le hablaba?.

—¡Aquí abajo, junto al bocadillo de salchichón volador!.

¡Era un ratón con gafas de aviador, capa de purpurina y una mochila que hacía bip bip!.

—Soy el Capitán Ratón Pérez. ¡Vamos a rescatar tu globo!, dijo el ratón con acento sevillano.

—¿Tú eres el del diente?.

—Ese es mi primo. Yo rescato cosas voladoras. ¡Y tengo licencia oficial de vuelo ratonil de altos vuelos!.

Kiko no lo dudó. Subieron a lomos de su tortuga cohete (que llevaba casco y rodilleras, por seguridad) y volaron hasta el cielo, cruzando las nubes y esquivando gaviotas que hacían yoga aéreo a 1000 metros de altura.

Llegaron a la Cueva de los Globos Perdidos, un lugar mágico donde flotaban miles de globos. Había globos con forma de helado, de dinosaurio, de corazones, de números, de todos los colores… ¡Y allí estaba el suyo!. Su globo rojo, girando despacito y esperándolo.

Pero… ¡PUM! Apareció Don Globus, un globo enorme, musculoso (¡sí, tenía brazos!) y con gafas de sol azules polarizadas que decía:

—¡Para recuperar tu globo… tienes que dejar otro recuerdo valioso! ¡Es la ley de los globos mágicos!.

Kiko se rascó la cabeza. ¿Qué le podría dar?.

Metió la mano en su bolsillo y sacó su piedrecita de cuarzo transparente con forma de estrella. Esa que había encontrado con su mamá un día de excursión cuando se cayeron juntos en un arbusto enorme de moras y rieron durante más de una hora.

—Toma. Es muy especial, pero… también lo es mi globo. Y creo que el recuerdo ya está dentro de mí.

Don Globus se emocionó tanto que soltó una lágrima en forma de confeti azul y bajó el globo rojo suavemente.

—Tienes buen corazón, niño. ¡Nunca lo pierdas!.

El Capitán Ratón Pérez aplaudió con las orejas, y la tortuga cohete les llevó de regreso al cole justo a tiempo para la merienda.

Nadie se dio cuenta de que Kiko había vivido una aventura increíble.

Pero si te fijas bien, su globo rojo ahora brilla un poquito más… y si lo miras de reojo, a veces, ¡hasta saca la lengua!.

Y colorín colorado, así, el niño aprendió que a veces perdemos cosas que amamos, pero si tenemos buenos recuerdos, un espíritu valiente y una pizca de imaginación… ¡la magia siempre vuelve a nuestro corazón!.

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