El dragón que prometió no comerse a nadie en Año Nuevo

Hoy era Año Nuevo, y en el Reino de Chisporrotea todo estaba patas arriba. No porque hubiera una invasión de ogros ni porque el volcán real estuviera a punto de estornudar lava (otra vez), sino porque todo el mundo estaba haciendo propósitos.

Incluso los que nunca cumplían ninguno.

En lo alto de la Montaña Torcida vivía Rufino, un dragón verde con lunares rosas, alas demasiado pequeñas para su cuerpo y una risa tan escandalosa que provocaba avalanchas… pequeñitas, pero avalanchas al fin y al cabo. Rufino era famoso por tres cosas:

  1. Escupía fuego con olor a palomitas.
  2. Tenía miedo a los ratones.
  3. Nunca, jamás, cumplía sus propósitos de Año Nuevo.

—Este año sí —dijo Rufino mirándose al espejo mágico, que devolvía una imagen un poco torcida—. Este año voy a cambiar.

El espejo, que ya lo conocía bien, respondió:
—Ajá… como el año que dijiste que ibas a madrugar y te despertaste en junio.

Rufino ignoró el comentario y leyó su lista:

  • No comerme a nadie (ni siquiera caballeros crujientes, mmm con los ricos que están).
  • Hacer ejercicio (mover una ala ya cuenta).
  • Ser más ordenado (encontrar mi cola antes de sentarme para no llorar de dolor al chafarla).
  • Hacer nuevos amigos.

Justo entonces, alguien llamó a la puerta de la cueva.

—¿Quién osa interrumpir mis propósitos? —rugió Rufino… aunque sonó más a hipo.

Era Vero, un hada con zapatillas deportivas, casco de bicicleta y una mochila enorme.
—Hola, dragón. Vengo a pedirte ayuda. El Reino necesita un héroe para el Año Nuevo.

—¿Un héroe? —Rufino se atragantó con una uva—. ¿Yo? Pero si hoy he prometido no comerme a nadie.

—Perfecto —dijo Vero—. El problema no se come. Se ríe.

En el centro del reino vivía el Monstruo del Desorden, una criatura hecha de calcetines perdidos, juguetes rotos y listas de propósitos sin cumplir. Cada Año Nuevo crecía más fuerte porque todos empezaban algo… y lo dejaban a los dos días.

—¡Eso explica por qué está enorme! —dijo Rufino—. Yo le he dado de comer durante años.

Partieron juntos hacia el castillo. Por el camino se les unieron Bruno, un unicornio que quería dejar de chocar contra los árboles, y Pompón, un duende que prometía no hacer bromas… pero mentía.

Cuando llegaron, el Monstruo del Desorden estaba bailando encima del trono.
—¡Feliz Año Nuevo! —gritó—. ¿Ya habéis abandonado vuestros propósitos o espero un poco?

Rufino tragó saliva.
—Eh… hola. Este año quiero ser mejor dragón.

El monstruo se rió tan fuerte que se le cayó un calcetín por la boca.
—¡Eso dicen todos!

Entonces Vero tuvo una idea brillante:
—Rufino, no intentes derrotarlo. Cúmplele un propósito.

—¿Solo uno? —preguntó Rufino—. Eso puedo intentarlo.

Pensó un momento y dijo:
—Propósito número uno: no rendirme a la primera.

Y en lugar de escupir fuego, escupió risas. Risas tontas, risas con hipo, risas que hacían cosquillas. El monstruo empezó a encogerse.

Bruno cumplió su propósito y caminó despacio sin chocar. Pompón, increíblemente, no hizo ninguna broma durante cinco minutos. Vero ayudó a ordenar el castillo. Poco a poco, el monstruo se volvió tan pequeño como un calcetín infantil.

—¡Nooooo! —chilló—. ¡Volveré cuando abandonéis vuestros propósitos!

—Puede ser —dijo Rufino—. Pero hoy no.

El reino celebró con una gran fiesta. Rufino bailó, hizo ejercicio sin darse cuenta y no se comió a nadie (aunque miró un poco a un caballero con cara de galleta).

Esa noche, Rufino escribió un nuevo propósito:
—No ser perfecto. Ser constante.

Y por primera vez, el espejo mágico sonrió.

Y colorín colorado, así aprendieron en el reino a que no importa si los propósitos son pequeños o grandes. Lo importante no es cumplirlos todos, sino intentarlo cada día sin rendirse, aprender riendo y mejorar poco a poco. ¡Hasta los dragones pueden cambiar! 🐉💚

 

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